El pasado 8 de noviembre de 2025, el mundo del arte despedía a una mujer fundamental para entender el papel de las bandas de música en la cultura musical contemporánea. Ida Gotkovsky, nacida en Calais (Francia) en 1933, descendía de una familia de músicos rusos exiliados y se formó en el Conservatorio de París. Su actividad como compositora y pianista le hizo ser valedora de los más importantes premios de Francia, Reino Unido o Estados Unidos, entre ellos el Premio Lilly Boulanger en 1957, el reconocimiento World Who’s Who of Women de 1973 en Cambrigde, el Golden Rose Award de 1985 otorgado por la Women Band Directors National Association o el nombramiento del gobierno de su país como Chevalier de l’Ordre des Arts et Lettres. Su música sinfónica, su música de cámara, sus conciertos para instrumentos solistas o su música escénica constituyen todo un emblema de la creación musical del siglo XX por su idiosincrasia creativa y su calidad artística. Pero si hay algo que destaca entre su producción musical es, sin duda, su catálogo de composiciones destinadas a las orquestas de viento y percusión, una producción emblemática y fundamental en la historia de la literatura bandística y que ha llevado a la maestra Gotkovsky a ser conocida como la Dame des Vents.
Mi primer contacto con la música de Ida Gotkovsky aconteció allá por el 1989 en las clases de dirección que nos impartía el añorado maestro Gerardo Pérez Busquier en el Ateneu Musical de Cullera. El maestro eldense nos pasó la partitura del Concerto pour grande orchestre d’harmonie escrita por la maestra francesa en 1984. Quería explicarnos un universo creativo tan particular y especial en el cual Pérez Busquier se inmiscuyó para poder dirigirlo en el Certamen de Valencia de 1987 con la banda de los Pirris de Cullera. He de confesar que, a pesar de todas las interesantes explicaciones que el maestro nos regaló, no pude llegar a entenderlas en su totalidad, pues mis dieciocho años y mi inexperiencia no me permitía abordar muchos de los conocimientos que Pérez Busquier, generosamente, nos compartió. Eso sí, como buen pedagogo, despertó en mí el interés por seguir profundizando en la obra. Al final creo que me he dedicado a la música por cabezonería: me gusta llegar a entender aquello que me cuesta comprender en un principio. Desde aquellas clases, esta partitura de la maestra Gotkovsky ha estado siempre en mi biblioteca más cercana y en mis horas de estudio entre sus complicados planteamientos rítmicos y harmónicos. Cada vez que entendía alguna de sus partes, una luz iluminaba mi conciencia. El aprendizaje es siempre una búsqueda de luz, aquella que cuando la descubres te hace sentir más seguro y te ayuda a ver todo con más claridad. En aquellos años de juventud no podía ni imaginar que, al cabo de unos veinticinco años, en 2015, podría grabar un CD con esta obra, al frente de una formación tan especial como la Banda Sinfónica Portuguesa y en un escenario tan emblemático como la Casa da Música de Oporto.

En esta partitura monumental, sus tres movimientos son toda una alegoría a la idiosincrasia de la banda, l’orchestre d’harmonie tal y como la define Gabriel Parès en su Traité d’instrumentation et d’orchestration à l’usage des musiques militaires d’harmonie et de fanfare de 1898. El lirismo, la expresividad y el obstinado rítmico fluyen desde la naturaleza creativa de una mujer como Ida Gotkovsky que, bebiendo de la influencia de sus maestros Oliver Messiaen y Nadia Boulanger, desarrolla un lenguaje tan sutil como versátil, entre el detalle textural más íntimo y la sonoridad más generosamente elaborada, utilizando la paleta sonora de la banda en toda una extraordinaria lección de artesanía musical. La necesidad de escribir un concierto que desarrollase la peculiaridad idiomática de las bandas de música la encontramos en obras tan emblemáticas como el Concierto para Banda (1971) del también alumno de Messiaen, Amando Blanquer (1935-2005), el Concerto for Band (1979) del compositor norteamericano Robert Jager (1939) o el Concerto for Wind Ensemble (1982) del también alumno de Nadia Boulanger, el maestro checo Karel Husa (1921-2016), por citar sólo algunos ejemplos. En estos trabajos y en otros muchos creados desde mediados del siglo XX hasta finales del mismo, se manifiesta de forma evidente la diversidad conceptual que se tiene de una orquesta de viento y percusión, así como todas las potencialidades sonoras y creativas que puede desarrollar. Aquello que llamamos música para banda, es una denominación que se vertebra en muy diversas ramas y que conviene conocer muy bien, para entender, realmente, todo lo que significa.
La música para banda de Ida Gotkovsky nos acerca a un universo creativo lleno de personalidad y compromiso, con una gran carga de humanismo. En ella aflora la vocación generosa y osada de cultivar el arte como una herramienta que contribuye a la evolución del ser humano. El goce hedonista de la obra artística puede y debe construir nuevas perspectivas en quien la trabaja y en quien la consume. Partituras como Symphonie pour quatre-vingts instruments à vent (1960), Symphonie pour orchestre d’harmonie (1964), Symphonie de Printemps (1973), Poème du feu (1980), Brillante Symphonie (1989), Chant de la Fôret (1989), Oratorio Olympique (1992), Symphonie à la jeunesse (1993), Or et Lumière (1993) o Joyeuse Symphonie(2000), entre otras muchas, como el propio Concerto, son páginas fundamentales para entender el valor de la música para banda en la composición musical de finales del siglo XX.
Hablé por última vez con la maestra en septiembre de 2022. Me atendió muy gentilmente al teléfono, siempre con palabras de afecto hacia la grabación que hicimos de su obra en Portugal. Le comuniqué que íbamos a celebrar su 90 Aniversario en la temporada 2023/2024 tanto en la BM de Bilbao como en la BM de Barcelona. Queríamos invitarla a poder disfrutar de su música en directo visitando alguno de los conciertos. Gustosamente aceptó la invitación con una dulce voz llena de cordialidad y ternura. Sin embargo, la salud no le permitió viajar para acompañarnos en el homenaje que con tanto afecto preparamos. Así y todo, en el Palacio Euskalduna de Bilbao sonó la Joyeuse Symphonie provocando una catárquica reacción de músicos y público ante el monumento sonoro de sus pentagramas. Una reacción muy semblante a la que provocó en L’Auditori de Barcelona su Concerto pour grande orchestre d’harmonie. Se dice que el arte auténtico es el que no necesita trabas para poder ser compartido. La fluidez de la sinceridad y de la autenticidad es el camino más eficaz para la comunicación artística.
Hoy, 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, creía oportuno recordar una figura tan emblemática como Ida Gotkovsky quien, mediante su trabajo compositivo, contribuyó a la dignificación del trabajo artístico de las bandas de música. Muchas de estas formaciones celebrarán a lo largo de estos días su Fiesta Mayor. Los que hemos nacido en su seno, recordamos nuestra primera Santa Cecilia cuando salimos por primera vez con un uniforme y una corbata (cuyo nudo permaneció fijo por mucho tiempo). No olvidamos tararear con emoción las melodías de aquel primer pasacalle o de aquel primer concierto. Esos recuerdos tan importantes y emblemáticos para nuestra vida como músicos y como personas, tienen que unirse al homenaje hacia quienes con su trabajo han contribuido a consolidar las bandas de música como elementos de cultura y educación. Muchos de estos artífices, los más importantes, han desarrollado este propósito por simple honestidad y sin pretensión de trascender. Al final, el trabajo de cada uno siendo honesto consigo mismo y con su responsabilidad, puede generar más evolución y revolución que las pretensiones más elevadas. La obra de la maestra Gotkovsky es todo un ejemplo de esta eficacia, entre el estudio, la valentía y la humildad.
Feliz día de Santa Cecilia.
José R. Pascual-Vilaplana
Oporto, 22 de noviembre de 2025

