INTELIGENCIAS ARTIFICIOSAS: LA CULTURA DE LAS CABEZAS BAJADAS

     Hace ya algunos años, en un espacio de noticias en televisión, anunciaban un gran avance de la ingeniería: habían creado un robot capaz de tocar un Capriccio de Paganini al violín. Escuchando aquella noticia y viendo lo que nos mostraba pensé que, todo aquello estudiado e investigado para poder hacer realidad aquella proeza, era, realmente, el gran valor de lo conseguido. De todo lo aprehendido, ahora se podría hacer uso en otros menesteres más pragmáticos: cirugías, informática, telecomunicaciones, …. Que un robot ejecutara una partitura (entiéndase ejecutar en su justo término), era del todo absurdo, pues no hay nada mejor que escuchar la música interpretada por una persona. La ingeniería no tiene capacidad de reproducir la maravillosa y sublime imperfección del ser humano. Sin embargo, los avances científicos, siempre nos pueden ayudar a desarrollar y canalizar nuestras potencialidades. El problema surge cuando estos progresos anulan el valor del ser humano.

    Las redes sociales y la comunicación digital han ocasionado una transformación radical en las relaciones humanas. En lugar de ver grupos de jóvenes hablando en un parque o amigos y familias sentados alrededor de una mesa conversando, el paisaje visual nos ofrece un conjunto de cabezas bajadas mirando una pantalla mientras los dedos, de forma frenética y nerviosa, construyen mensajes cortos, rápidos, insulsos, baladíes, en ocasiones con faltas de ortografía y sin ningún respeto a la sintaxis. Bajar la cabeza ante alguien o ante algo, en alguna situación, se podría analizar como un gesto de respeto, pero en este caso, más bien, es todo un símbolo de sumisión y de esclavitud. Utilizar el lenguaje, escrito o hablado, sin corrección ni precisión, es el inicio de la incomunicación. Mirarse a los ojos para hablar y hacerlo con lógica y sinceridad tal vez sea una vía inmejorable para el entendimiento, el razonamiento, la tolerancia y el respeto.

     Si la educación de las futuras generaciones está sujeta al falso impulso renovador que reduce las materias humanísticas en los planes de estudio, estamos abocados a un fracaso cultural estrepitoso en donde se confunda estudiar con aprender. Tan importante es proveerse de recursos y de capacidades cognitivas y de desarrollo, como el hecho de saber cómo y para qué utilizarlas. Y si antes se valoraba la influencia que podían verter en la sociedad las obras de Da Vinci, Miguel Ángel, Goya, Segrelles, Miró, Homero, Joanot Martorell, Shakespeare, Dante, Cervantes, Miguel Hernández, Vicent A. Estellés, Emilia Pardo Bazán, Mercè Rodoreda, Bach, Mozart, Beethoven, Tchaikovsky, Stravinsky, Falla, Blanquer, Gérard Grisey, Sofia Gubaidulina, Billy Wilder, John Ford, Buñuel, Stephen Frears o Sofia Coppola, ahora se llama “influencers” a personajes cuyo oficio, en el mayor de los casos, es nutrir la banalidad y alimentar el culto a la falta de esfuerzo. Tal vez sea que, estos “influenciadores” sean poseedores de una inteligencia artificial incomprensible para los que, de forma ilusa, seguimos buscando la inteligencia natural.

    Recuerdo siempre una frase de mi querido y admirado maestro Amando Blanquer: “Después de haber realizado mi periplo por Europa aprendiendo todo lo referente a los nuevos sistemas de composición, me encerré a escribir música en mi casa. Y durante semanas, todo lo que escribía acababa en la papelera. Un día me di cuenta de que en los últimos años me había preocupado en buscar el cómo, pero me faltaba encontrar el qué…”.

Pues sí, no solo en la ciencia, también en el arte, asistimos a una especie de bajada de cabeza que antepone el prestigio social y estético al auténtico valor artístico. ¿Qué puede aportar el arte a la sociedad actual? Dice Hayden Keys (Londres, 1985): “…el arte me hace salir adelante, creo en el arte, aunque él es escéptico conmigo…”. La oferta cultural de nuestros días o los medios de comunicación masivos buscan aquello que se vende fácil. Se baja la cabeza ante lo que da dinero momentáneo sin pensar en su valor de futuro. Tras la pandemia, se adivina un reforzamiento general de aquel mítico “carpe diem” y nos recuerda el mensaje del famoso villancico de Juan del Encina (s.XVI): “Hoy comamos y bebamos, y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos…”. Tal vez sea una buena manera de afrontar el miedo a lo venidero, pero no es menos cierto que, en el ámbito cultural, alimenta la involución del uso del arte en la construcción de una sociedad contemporánea. Ante ello, observamos, como siempre, tendencias confrontadas de forma absurda en lugar de opciones diversas que puedan complementarse. La globalización no es aceptar el todo vale, sino el ser capaces de reconocer otros valores y perspectivas que nos puedan aportar un crecimiento personal. El esfuerzo por el conocimiento nos hará una sociedad con más criterio de razonamiento y, por ende, más libre. Claudicar ante lo fácil nos conducirá a un paisaje de vagancia intelectual un tanto peligrosa. Sin embargo, el placer por evolucionar y seguir creciendo debería ser el objetivo principal de unos planes de estudio que trabajasen, de forma eficiente, el uso de las diversas capacidades y potencialidades del individuo para la construcción íntegra del ser humano.

     Me siento incapaz de evaluar la necesidad y relevancia de la inteligencia artificial. Supongo que, como todo avance técnico, podrá tener un uso beneficioso en distintos ámbitos de la vida. Sin embargo, la diferencia entre lo artificial y lo artificioso puede ser la sutileza con la que alimentar la tentación del engaño. Espero y deseo que los responsables de organizar la educación de nuestras futuras generaciones piensen en las materias humanísticas como complemento necesario e indisociable a las técnicas. No sé si conseguiremos levantar más cabezas, pero al menos, nutriremos su interior con criterios que refuercen su voluntad y no su inercia pasiva.

José R. Pascual-Vilaplana

Barcelona, 28 de julio de 2023

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